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El ser humano siempre desea, sin el deseo no puede ir hacia adelante. Los diálogos que tiene Sebastián con Graogramán, la Muerte Multicolor, y con la Mujer Aiuola en «La Historia Infinita» dan un atisbo de lo que el deseo hace en el hombre:

«Haz lo que quieras»… ¿Cuál puede ser el significado de esa pregunta?… ¿Mi verdadera voluntad? ¿Qué cosa sería?… Es tu más profundo secreto, aquel que tú no conoces…  ¿cómo puedo llegar a conocerlo?… caminado el camino de los deseos, de uno a otro, hasta llegar al último. El último te llevará a tu verdadera voluntad… (de los diálogos entre Sebastián y Graogramán, la Muerte Multicolor)… ahora has encontrado tu último deseo, tu verdadera voluntad es aquella de amar (de los diálogos entre Mujer Aiuola y Sebastián)[1].

El deseo no es hacer lo que uno quiere, sino hacer nuestra verdadera voluntad, hacer lo que uno está llamado a ser. No se trata de otra cosa. Sebastián descubre que es amar. Yo creo que para todo hombre es así. Pero no amar en general, sino en particular, en concreto. Somos llamados al Amor por medio del Amor entregado a nosotros. Cristo nos llama a ser uno con Él en el Padre a pesar, y a la vez, a través y con nuestras debilidades, pues siendo conscientes de ellas podemos ser capaces de movimiento, ser capaces de la santidad que Dios nos ofrece, ser capaces de, como decían los Padres Griegos, la divinización, ser dios con Dios por medio de la gracia, sólo por la gracia que nos es concedida, nunca por nuestros medios. Esa participación de la gracia se da en la comunicación.

Sólo caminamos nuestra vida en la debilidad. Para lograrlo requerimos de la paciencia. El término paciencia, ὑποµονὴ, significa la capacidad de resistir en las situaciones de dolor y pena por las que con frecuencia debemos atravesar. El término ὑποµονὴ es el nombre de sudores y de

mucha constancia[2]. Ella la obtenemos cuando esperamos lo que no vemos (Rm 8,25), cuando somos capaces de descansar todo nuestro ser, todo lo que somos,  lo que hacemos y cómo nos movemos en Dios, pues la disponibilidad se hace real ante el misterio, ante el conocer que no se conoce. Porque, al final, es Él quien puede librarnos de nuestra debilidad:

24 Porque os voy a recoger de entre las naciones y a reuniros de todos los países, para llevaros a vuestra tierra. 25 Os rociaré con agua limpia y quedaréis limpios; os limpiaré de todas vuestras manchas y de todos vuestros ídolos. 26 Os daré un corazón nuevo y pondré en vuestro interior un espíritu nuevo; quitaré de vuestro cuerpo el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. 27 Pondré mi espíritu en vuestro interior y haré que procedáis según mis leyes y guardéis mis normas y las cumpláis. 28 Residiréis en el país que di a vuestros padres, y seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios. 29 Os libraré de todas vuestras impurezas.  (Ez 36:24-29a)

[1] M. ENDE, La historia.

[2] JUAN CRISÓSTOMO, Comentario, PG 60, 532.

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