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Sólo podemos aceptarlo en la libertad de los hijos de Dios. Debemos ser lo suficientemente humildes para aceptar nuestra debilidad, pero lo suficientemente valientes para luchar con ella y contra ella y ganarle en la arena de la vida. Pues no se trata sólo de saber de su existencia. El hecho de ser conscientes de nuestra debilidad requiere de nuestra parte la capacidad de vivir la aventura de la santidad al lado de Jesucristo, pues reconociéndola somos capaces de ser en Dios. San Pablo lo resume en las fuertes palabras de la carta a los Corintios: «cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte» (2Cor 12,10).

Por eso, santidad y testimonio tienden en un cierto sentido a coincidir.  Como por la fuerza del bautismo cada cristiano está llamado a la perfecta conformación con Cristo; así, cada cristiano está llamado a ser testimonio de vida de frente a cada hombre[1]. Porque ese es nuestro llamado. Ser testigos y testimonios vivos de que Cristo padeció, murió y resucitó por nosotros, por cada ser humano, por mí. Es ahí de donde nace nuestra esperanza de que podemos ser realmente santos, es ahí donde nace la fuerza para luchar cada día con la gracia que el Padre nos dona a través del Espíritu Santo.

Pues la debilidad nos hace ver nuestra flaqueza, pero la gracia la sana y nosotros podemos ir hacia adelante, hacia Dios mismo. Sólo en la libertad del amor, sólo en la inteligente voluntad que libremente nos mueve hacia Dios, sólo porque así lo aceptamos, pues Cristo es lo que nos pide: ser testigos y testimonios de Él con nosotros.

Sólo el débil puede ser mártir, y sólo el mártir puede ser santo, porque se da por amor, porque en Cristo-Amor se entrega hasta el final. Reconociendo la propia debilidad, la propia nada, es capaz de reconocer su necesidad de amor de Dios, necesidad de su gracia, necesidad de Dios mismo; inteligentemente la pide, libremente la acepta, y voluntariamente la pone al servicio de todos.

¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor![2] Todavía más, ¡qué debilidad que mereció tal Redentor! Porque ese profundo deseo o debilidad que requiere ser sanado sólo Cristo lo puede transformar en deseo absoluto y arrebatador por Dios mismo, por ser uno con Él. Porque la culpa, la debilidad, la toma Cristo para sanarla y la transforma de cuenta que era a pagar a cuenta ya pagada. No debemos más. Todo está cumplido en Cristo. Y nosotros, en la libertad del amor, somos capaces de ir sobre nuestra debilidad. A eso estamos llamados, a vivir plenamente el martirio, a morir todos los días a nosotros para hacer vivir a Cristo. El mártir es aquel entiende esto y lo vive profundamente, porque no deja ya hueco en su vida para que la debilidad lo devore, sino que permite que la gracia de Cristo Jesús tome el lugar de ella y sea transformado en santo, viva completamente la relación total en Dios y con Dios. ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor, feliz el débil que mereció tal Redentor, porque mereció la santidad en su Salvador!

[1] P. MARTINELLI, La Testimonianza, 50.

[2] Cf. Nuevo Misal del Vaticano II, Pregón Pascual.

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